Siendo nada en el paraje El Tropezón

 

“Déjenlo todo, nuevamente láncense a los caminos”

Roberto Bolaño
 

Apenas era un número. Por eso siempre estoy escapando de la bruma de los edificios y los números en cuanto tengo la oportunidad. Como quien en un breve instante del día se pone a añorar. Cuando el ritmo de la ciudad me acelera demasiado suelo dejar los trabajos de la oficina a medias como estén y visito mis abuelos. Viajo desde el campus despedazado de la Facultad de Ciencias Económicas hasta Plaza Constitución en el subte, para tomar el colectivo. Allí presento al chofer mi tarjeta sube, saco pasaje y busco un asiento al final del interminable pasillo mientras voy sacando un par de libros, uno de cálculo financiero que me regalo un colega recientemente y otro de cuentos sobre pueblos. Al primero lo tiro por la ventana ni bien me siento, y el otro es un libro de la autora Hebe Uhart que se llama Viajera Crónica, del que miro su contratapa donde dice algo que me confirma que mi viaje es acertado. Afirma allí en su libro que los pueblos chicos son abarcables, le parecen literarios y además van con su personalidad. Cosa extraña sentirse identificado con eso a estas alturas, pero que va. Comienzo a deleitar sus hermosas páginas hasta que el tiempo vuela. Final del recorrido del 148 y allí estoy, en el medio de la tranquilidad y hermosura de un pueblo perdido, por demasía.

El pueblo es de cuento pintoresco: aire rural con viento frío de invierno, casas de madera que han perdido su pintura por humedad en las paredes, contados alambrados desvencijados por donde se meten las comadrejas y los perros para realizar travesuras, quintas de verduras con sus plantaciones excelentemente alineadas, campos extensos que mejor no transitarlos en días de tormenta eléctrica, calles largas de tierra impasables cuando la llovizna cruel las convierte en barro y también calles largas de asfalto con rajaduras escabrosas. Y una cosa más, porque no me gusta referirme a El Tropezón como el pueblo, no perdido, sino, olvidado por todos. Aquí las personas, en este pueblo, se saludan a pesar de no conocerse. Cosa extraña hoy en día.

Me distraigo en mi mente y repaso lo dicho. Divago un rato pensando si es posible conocer a otras personas si uno apenas puede intentar conocerse a sí mismo que recuerdo las clases de Historia de la Filosofía Antigua -o moderna, no lo recuerdo bien- en la facultad de Filosofía y Letras cuando del tema se conversaba. Divagaciones y distracciones que apuran mi llegada a la casa de mis abuelos. Que a esta hora, lo apuesto, duermen siesta.

La tranquera cerrada, todo lo dice: hoy no se esperan visitas. Me corrijo y soy claro, entresemana, me lo dijo mi madre, no es día de visita. Salto la tranquera y me sale al encuentro Juancito, Lobito, Pancho y Sultán, cuatro de los cinco perros que aun viven en la casa de mis abuelos. Pareciera que pasan junto a mí como si volaran en llamas. Me rodean, me chumban levemente. Juancito, muy parecido a Bengi, de un color clarito que mi daltonismo confunde, es el líder y parece decirles a los demás que me dejen tranquilo y que ya no es un intruso el que acaba de ingresar. Comienzan a olerme para estar seguros y cerciorarse los demás, “el Pancho”, el labrador color negro inquieto, “Sultán”, y “Lobito”, ambos con tintes de perro policía cruzados. Los veo que parecen asentir y realizan su retirada a las cuchas de una manera imperceptible, desapareciendo tan rápido que mi teoría fantástica confirma que bien podrían estar en llamas. Pero el campo me hace dar cuenta que no es por mi teoría, como tampoco por los ladridos de “Juan” que dispararon así de raje para las cuchas. Una voz en el medio del campo, proveniente de la casa los alertó. Quien sino mi Abuelo recién despertado de su santa siesta, pegando un grito que ninguna vocal me permite describir. “¿Qué haces por acá? Pasto”, saliendo a mí encuentro, para darme un fuerte abrazo de reencuentro, luego de unos días nomas que no nos veíamos. “Acá andamos Abuelo, vine a tomar mate. La Abuela duerme”, suena más a afirmación que a pregunta, pero mi abuelo comprende. “Recién se levanta aquella, vamos a ir a buscar “salamincitos”, vos venís con nosotros. Nos acompañas”, pregunta afirmativa que me parece más que una obligación una oportunidad para manejar el coche un rato, porque mi abuelo agrega: voy a calentar el coche. Al encuentro de mi abuela ya oigo el motor bochinchero del Gol y ésta me recibe ya en zapatillas con un abrazo sorpresivo pero también de reencuentro como si no nos hubiésemos visto en años.  “Sin pantuflas, viejita”, le pregunto. A lo que me dice: “Si, acompañános que vamos a buscar queso y salamín a la ruta. Después tomamos mate”.

El viejo sacaba el auto marcha atrás muy despacito por temor a pisar alguno de los perros, que le pregunté a mi abuela: “La chiqui está adentro”, “si está abrigadita, calentita con la salamandra ella”, mientras los perros rodeaban el coche y lo bufaban. Mi abuelo me dijo que abra la tranquera, y de repente, ya estábamos en la ruta como si nos fuéramos a un viaje largo, como lo imaginó mi abuelo. “Cuánto echamos hasta Mar del Plata, Pasto”, “un rato”, entre carcajadas también imagine. En el camino le pregunté a mi abuela cómo estaba ella y también cómo estaba, como lo veía al abuelo. Ella me decía que mi abuelo estaba acá al lado y que si lo veía bien o mal que se lo preguntara a él como para andarle preguntando a ella como él andaba. Reímos confusamente y me dedique a contemplar el paisaje. El coche iba a 50 km. Pura tranquilidad. Puro verde. Puro campo. Pájaros volando. Otros sostenidos en los gruesos cables que se veían en esas redes de alta tensión eléctrica allá a lo lejos, que recordé a G.W.Hudson: Y así, en mis peores días, cuando me veía obligado a vivir durante largos períodos alejado de la naturaleza, confinado en la ciudad de Londres, pobre, enfermo y sin amigos, todo lo que había en mi interior me convencía de que siempre resulta definitivamente mejor “ser” que “no ser”.  Pura hermosura.

El puestito de artesanías estaba a metros de la histórica estación ferroviaria “Buchanan” que decían que aun conducía un tal Coco con una “Zorra Pampa” que pasaba mágicamente sin que nadie pudiera verla. Cuando le pregunte a mi abuelo si esto era verdad, me dijo que eran todos bolazos. Por lo que compraron el queso, el salamín y nos volvimos para la casa como quien vuelve del mercado. Allí tomamos mate y ellos añoraron viejas épocas como cada vez que iba. Entre sus escasos y borrosos recuerdos, recordaban el paraje tan bohemio, concurrido, nocturno, cuando el boliche estaba abierto de par en par y se armaban bailes y corajeadas y venían algunos cantores a cantar como por ejemplo –según mi abuelo- ese que le decían el varón de tango, que mi abuelo según él dice le dio la mano como quien toca a una leyenda andante. Es lo poco que recuerdo yo, hoy en día, al salir del trabajo, ya por jubilarme. Hoy se por medio de internet que el paraje es una ruina, que la mayoría de las casas fueron loteadas y están a punto de ser rematadas entre amigos del poder e hipotecas del Banco “x”. Comprendo que apenas recuerdo el recuerdo de mis abuelos y todo lo hecho en vida que no sé qué hacer. El viejo tenía razón, no somos nada. Antes de caminar un par de cuadras para tomar el subte con la mirada perdida en el piso, quiero imaginarlos vivos nuevamente, como hace tantos años, como sus tiernas esperanzas de vivir en paz. Quizá el banco pueda darme una mano para adquirir la casa nuevamente, si no es que alguien se me adelantó. No faltará más. Nada seremos.

FMQ

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