Otra historia del efímero detective Cutruli

-A ver, qué tiene para decirme, preguntó el detective Juan Cutruli, imaginando una situación, largando sus palabras así a boca de jarro, al aire.

Mientras miraba concentrado la solapa de la carpeta con los pocos papeles que su cliente le había traído, se dijo que eran demasiados y encima él ya estaba extenuado, o quizás viejo. Hacía años que no descansaba. Y ahora le venían con esto.

Agarró su saco tipo Sherlock Holmes, ganó la avenida Corrientes al 800, dobló por Florida y enfiló hacia el Sur, tomó el Subte linea “A”, hasta el Parque Rivadavia (Tenía que comprar un libro de Edgar Allan PoeDe), salió del Parque, caminó un par de cuadra tambien para el sur, donde esta vez tomo la línea “E”, y de repente entre tantas combinaciones se bajó en su pueblo natal en Florencio Varela, precisamente el paraje El Tropezón.

Había olvidado el oír las bocinas y frenadas de los autos, y se dejo llevar por el leve canturreo de los pájaros de su ciudad, pero inmediatamente, mediante otras combinaciones, tuvo que volver a la oficina para atender sus asuntos. La oficina ya estaba a oscura y entre toda la mugre y repisas caídas y papeles apenas ilegibles se podía distinguir en el escritorio los del cliente y un libro enorme titulado con unos números diabólicos. Cutruli estaba fatigado y empezó a delirar un poco. Imaginó al cliente, como había venido vestido, que le había dicho. Y no solo se dio cuenta nuevamente, como otras tantas veces, que había vuelto a empezar a hablar solo, sino que el día había terminado hacía por lo menos unas cuatro horas. Y por ende, la noche aparecía, oscura.

El caso era sencillo. Encontrar una persona que al parecer dedicaba sus días a escribir. “Sandeces”, se dijo a sí mismo el detective, “es imposible que haya literatura y poesía, luego de…”

Y cortó la oración porque se sintió viejo y mal. Un leve resoplido lo hizo del asiento levantar, y posicionarse seguro y de repente ante la mirada y el silencio del extraño cliente, que en realidad ya no estaba presente en el cubículo desde hacía por lo menos dos horas. Se dijo que ahora estaba en la peor fase de la locura, hablar sólo pensando que alguien lo escuchaba.

Se dijo que el tiempo pasaba muy rápido y que tenía que buscar una escort para rejuvenecerse un poco, y también citó, incompletamente y vaya a saber por qué: “Tengo ganas de que pase el tiempo, y que el viento se lleve…” del poeta Juan Moneo.

Entre salir o no a la calle, sacó una latita de cerveza y volvió a su asiento. De repente se encontró leyendo los papeles que le había dejado su cliente.

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