Noches en el barrio Villa Vatteone

El café resto bar “La pollería” solía ser un lugar de mala muerte. Como el barrio que lo contenía. Pero un día todo cambió de repente.

Fue desde la llegada de los pistoleros, que el barrio de Villa Vatteone nunca volvió a ser el de antes, ese barrio aburrido y solitario que supo ser desde su fundación por los mismísimos hermanos Don Pedro y Monseiur Felipe, que aun vivían, pero que de un día para otro nadie volvió a saber de ellos.

Ahora el barrio, con la llegada de los pistoleros, se había transformado en un barrio peligroso y curiosamente nocturno, es decir, la gente comenzó a salir más de noche, pero si se zarpaba en algo la bajaban enseguida de un corchazo en la cabeza. Parecía que valía todo. Era necesario un límite.

Pero la cosa también tenía su lado bueno, el barrio era ahora un constante jolgorio, que se parecía más a un carnaval de aquellos que nunca más se volvieron a ver, que a otra cosa. Nunca se sabía lo que iba a pasar ni bien doblase uno por la calle Progreso que se le aparecían unos niños con gomeras y flechas, cagándolo a pedos a todo aquel que se atreviera a nombrar la calle por su verdadero nombre y no como el que querían los niños, que según ellos, la calle ahora se llamaba Dr no se qué mierdas. Era un tema que solo hubieran podido resolver Don Pedro y Felipe, pero hacía rato que no se los veía.

Era obvio, necesitábamos orden y nadie hacia un carajo.

Los pistoleros se encargaron de eso. Ellos venían de no sé cual zona que eran constantes los chistes que los picaros de Vatteone les hacían, “ustedes vienen de mi cabezona”, les decían los picaros a los pistoleros. Y estos se mantuvieron, ese día, callados, mientras todos reían y festejaban, hasta que su paciencia se colmó, y esa tarde, la primera tarde, los pistoleros sacaron sus pistolas y bajaron de unos cuantos tiros a varios de los picaros que los estaban cargando. Después de hacer correr la sangre, dijeron:

-No venimos a joder a nadie, ni queremos que nos jodan, solo traemos una cosa, y así lo proclamamos: les traemos diversión, solo tienen que dejarse guiar por nuestras órdenes, y todo ira bien.

Otro comedido que creo que se llamaba Tito grito desde el fondo del bar que en este barrio nadie obedece a nadie más que a Don Pedro y Felipe, y ahí nomas los pistoleros lo bajaron de un tiro. Curiosa fue la recepción de la gente que en el bar La Pollería se encontraba. Comenzaron a aplaudir y hacer resonar algunos vasos al grito a modo de entonación:

¡Muerte a Felipe!

Fuira el viejo Pedro

¡Que estos son los pibes que van a guiar al pueblo!

Y otros, más atrevidos, pidieron:

El jolgorio está, el jolgorio está, y es por la maceta,

vamos a gozar aha!

wepa, wepa, wepa, wepa

Y creo que fue ahí cuando los pistoleros se ganaron, o en realidad, forzaron, el respeto de todos. Nadie llamo a la policía, que cosa rara. Ni nadie buscó a los referentes, a Felipe ni a Pedro. Eso si, como todo se ha convertido en pura joda, por lo menos fue buena la decisión de los pistoleros de que cada habitante salga a la calle enmascarado. Así nadie sabe quién es quién.

Así está el barrio. Esto es ahora, que avanzo por la zona del Hospital hacia Cabildo, y veo a las viejas culonas que se pasean con su antifaz en camisones para hacer alguna travesura. Y también veo los viejos vagabundos cortejar a hermosas señoritas jóvenes que nunca se habían visto por las veredas de la calle Cabildo. Es obvio, nadie puede reconocer a nadie. He ido y venido de mi casa hasta el hospital por que hay una cuadra que la tengo que rodear para no cruzarme con conocidos que se han descontrolado y enseguida a todo el que pasa lo quieren empernar. Ilusiones y decepciones, encuentros y desencuentros. Así me encuentro ahora en este barrio que se ha convertido en algo que solo Felipe y Don Pedro pueden solucionar. Yendo a la casa de mi amigo y camarada Cutruli.

Julian (o Juan) Cutruli es el poeta oculto de la calle cabildo. Nadie sabe que escribe ni que es poeta, ni que está oculto, porque claro, no se lo ve. Una noche entre tanto buscarlo dicen que apareció en las sabanas de una vecina. Se armó un gran revuelo con el marido de la vecina, y seguramente es por eso que tomó el ocultamiento como rumbo. Hace mucho que no lo veo. Golpeo en la casa. Sale su amable abuelita, y me dice que no está. Que seguro está en lo de Tito, o en algun negocio. La abuelita no me da tiempo a decirle que a Tito lo reventaron unos pistoleros y me dice a lo lejos: god save Don Pedro. Y cierra con un portazo. Camino. Eso es lo que todos hacen en este barrio en el que nada se detiene. Todo culpa de los pistoleros, que han avivado a todos a la joda. Pienso en Pedro y Felipe. Con ellos esto no pasaba. Noto que me vuelvo demagogo y me detengo a pensar en una vereda. Pasa un perro como si pasara en llamas y me digo que esa teoría es cierta. Mejor me paro y me voy a deambular por ahí. Vuelvo a caminar rumbo al centro de Vatteone por Chañar y al llegar al kiosco de la vieja Joaquina veo al perro que pasó hace un rato todo empapado como si alguien lo hubiese mojado. La vieja Joaquina, confundiéndome tal vez, me tira agua con un sifón de soda y la mando a la puta que la parió. Me voy al chino, que a pesar del toque de queda que rige en la ciudad desde la aparición de los pistoleros, debe estar abierto.

El café resto bar “la Pollería” sigue siendo el campo de juego del barrio Villa Vatteone, ubicado, esto aun no se ha sido dicho, en los suburbios perdidos de Florencio Varela, en la calle Progreso/dr Galli no se cuantos cerca del hospital central. Olvidos de Buenos Aires, como el barrio El Tropezón, y prácticamente todo lo que Buenos Aires ha olvidado. Pero dejemos atrás estas mierdas de ubicación y olvidos que no sirven para nada y volvamos al café, que a estas horas de la madrugada se ha transformado en el tugurio de mala muerte de siempre.

Unos borrachos, entre los que se distingue el hijo de tito, discuten aun la muerte de tito, y aseguran que es toda falacia, una mera conspiración.

-Pero si yo vi volar por los aires cuando le dispararon-asegura exaltado, medio en pedo, el almacenero Jorgito.

Todos hacen oídos sordos, porque ya no saben que pensar. “Los pistoleros son bravísimos”, dice el hijo de tito. Quiero hacerlos mierda. Grita enfurecido y golpeando la mesa enloquecido como si no fuera él. Y tal es el revuelo que toda gente se enloquece y comienza a correr por todo el bar buscando la salida que nadie encuentra. Un tiro al aire proveniente de un viejo que toca el acordeón apaga el foco que todo ilumina y calma todo. Y todo se nubla como niebla, pero es una niebla oscura, negra.

De repente aparece alguien…nadie puede verlo…se sienten solamente sus pasos…Humo y un olor raro que nadie identifica…

(Escena que es digna representación teatral)

(En el café, todos corrían enloquecidos, buscando una salida inexistente, en realidad inhallable, por el humo producto del tiro del viejo que toca el acordeón, que acalla todo, y aparece una sombra, un fantasma)

FANTASMA DEL VIEJO PEDRO: que carajos pasa en mi pueblo, ¡puta que los parí!

JORGE (el almacenero): Mierda, está vivo.

TITO (hijo): que va a estar vivo, pelotudo, no te das cuenta que es un fantasma.

JORGE: a quien le decis fantasma, digo, pelotudo, la que te…

(Quilombo. Nuevamente un torbellino de voces que intentan hablar y otras que callan para dar pie a nadie y a todos. Todo es inconfundible. Se ruega tratar de seguir leyendo. Se solicita un nuevo tiro del acordeonista)

PAAAAAAAA

FANTASMA: Felipe, deja de tirar tiros que se van a dar cuenta que sos vos.

ACORDEONISTA (¿FELIPE?): Cállese, trolo viejo, y no diga estupideces.

FANTASMA: ¡Bueno basta! Yo sé que están todos alterados. Les vengo a decir que pronto apareceré y pondré orden con mi hermano. Haremos una joda que dejará locos de envidia a esos pistoleros y se armará una guerra. Vayan viendo de qué lado van a estar, pelotudos.

(El fantasma de Don Pedro se esfuma como se esfuma el dialogo y las personas del bar cuando todo termina luego de un controlable incendio. Una inmensa ola de agua deja las sillas todas empapadas y las mesas echadas a perder. Aparecen unos hombres con mangueras vestidos con un uniforme de ocasión y cargan al acordeonista, al almacenero, y al hijo de Tito, para llevárselos al hospital. Demás está decir que el primer tiro que tiró el acordeonista causó un cortocircuito de San Puta que viene perfecto al relato y que por eso todos corrieron enloquecidos, y otros alucinaron el regreso olvidados, y otros pidieron por quienes misteriosamente se habían ido.)

SE CIERRA EL TELÓN

Camino rumbo al chino y veo que está abierto de par en par. La china, que me conoce me invita a pasar y hago lo que tengo que hacer. Mientras se lo hago oigo voces atrás y me cohíbo un poco. Ella me dice que no pasa nada. Debe estar Julián (o Juan) Cutruli con la señorita que atiende en la parte de atrás. Me río un poco. Al salir del chino veo pasar una ambulancia y cuando llego al bar los bomberos ya han controlado un pequeño incendio culpa de una bala al techo.

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