Noches en el barrio Villa Vatteone

El café resto bar “La pollería” solía ser un lugar de mala muerte. Como el barrio que lo contenía. Pero un día todo cambió de repente.

Fue desde la llegada de los pistoleros, que el barrio de Villa Vatteone nunca volvió a ser el de antes, ese barrio aburrido y solitario que supo ser desde su fundación por los mismísimos hermanos Don Pedro y Monseiur Felipe, que aun vivían, pero que de un día para otro nadie volvió a saber de ellos.

Ahora el barrio, con la llegada de los pistoleros, se había transformado en un barrio peligroso y curiosamente nocturno, es decir, la gente comenzó a salir más de noche, pero si se zarpaba en algo la bajaban enseguida de un corchazo en la cabeza. Parecía que valía todo. Era necesario un límite.

Pero la cosa también tenía su lado bueno, el barrio era ahora un constante jolgorio, que se parecía más a un carnaval de aquellos que nunca más se volvieron a ver, que a otra cosa. Nunca se sabía lo que iba a pasar ni bien doblase uno por la calle Progreso que se le aparecían unos niños con gomeras y flechas, cagándolo a pedos a todo aquel que se atreviera a nombrar la calle por su verdadero nombre y no como el que querían los niños, que según ellos, la calle ahora se llamaba Dr no se qué mierdas. Era un tema que solo hubieran podido resolver Don Pedro y Felipe, pero hacía rato que no se los veía.

Era obvio, necesitábamos orden y nadie hacia un carajo.

Los pistoleros se encargaron de eso. Ellos venían de no sé cual zona que eran constantes los chistes que los picaros de Vatteone les hacían, “ustedes vienen de mi cabezona”, les decían los picaros a los pistoleros. Y estos se mantuvieron, ese día, callados, mientras todos reían y festejaban, hasta que su paciencia se colmó, y esa tarde, la primera tarde, los pistoleros sacaron sus pistolas y bajaron de unos cuantos tiros a varios de los picaros que los estaban cargando. Después de hacer correr la sangre, dijeron:

-No venimos a joder a nadie, ni queremos que nos jodan, solo traemos una cosa, y así lo proclamamos: les traemos diversión, solo tienen que dejarse guiar por nuestras órdenes, y todo ira bien.

Otro comedido que creo que se llamaba Tito grito desde el fondo del bar que en este barrio nadie obedece a nadie más que a Don Pedro y Felipe, y ahí nomas los pistoleros lo bajaron de un tiro. Curiosa fue la recepción de la gente que en el bar La Pollería se encontraba. Comenzaron a aplaudir y hacer resonar algunos vasos al grito a modo de entonación:

¡Muerte a Felipe!

Fuira el viejo Pedro

¡Que estos son los pibes que van a guiar al pueblo!

Y otros, más atrevidos, pidieron:

El jolgorio está, el jolgorio está, y es por la maceta,

vamos a gozar aha!

wepa, wepa, wepa, wepa

Y creo que fue ahí cuando los pistoleros se ganaron, o en realidad, forzaron, el respeto de todos. Nadie llamo a la policía, que cosa rara. Ni nadie buscó a los referentes, a Felipe ni a Pedro. Eso si, como todo se ha convertido en pura joda, por lo menos fue buena la decisión de los pistoleros de que cada habitante salga a la calle enmascarado. Así nadie sabe quién es quién.

Así está el barrio. Esto es ahora, que avanzo por la zona del Hospital hacia Cabildo, y veo a las viejas culonas que se pasean con su antifaz en camisones para hacer alguna travesura. Y también veo los viejos vagabundos cortejar a hermosas señoritas jóvenes que nunca se habían visto por las veredas de la calle Cabildo. Es obvio, nadie puede reconocer a nadie. He ido y venido de mi casa hasta el hospital por que hay una cuadra que la tengo que rodear para no cruzarme con conocidos que se han descontrolado y enseguida a todo el que pasa lo quieren empernar. Ilusiones y decepciones, encuentros y desencuentros. Así me encuentro ahora en este barrio que se ha convertido en algo que solo Felipe y Don Pedro pueden solucionar. Yendo a la casa de mi amigo y camarada Cutruli.

Julian (o Juan) Cutruli es el poeta oculto de la calle cabildo. Nadie sabe que escribe ni que es poeta, ni que está oculto, porque claro, no se lo ve. Una noche entre tanto buscarlo dicen que apareció en las sabanas de una vecina. Se armó un gran revuelo con el marido de la vecina, y seguramente es por eso que tomó el ocultamiento como rumbo. Hace mucho que no lo veo. Golpeo en la casa. Sale su amable abuelita, y me dice que no está. Que seguro está en lo de Tito, o en algun negocio. La abuelita no me da tiempo a decirle que a Tito lo reventaron unos pistoleros y me dice a lo lejos: god save Don Pedro. Y cierra con un portazo. Camino. Eso es lo que todos hacen en este barrio en el que nada se detiene. Todo culpa de los pistoleros, que han avivado a todos a la joda. Pienso en Pedro y Felipe. Con ellos esto no pasaba. Noto que me vuelvo demagogo y me detengo a pensar en una vereda. Pasa un perro como si pasara en llamas y me digo que esa teoría es cierta. Mejor me paro y me voy a deambular por ahí. Vuelvo a caminar rumbo al centro de Vatteone por Chañar y al llegar al kiosco de la vieja Joaquina veo al perro que pasó hace un rato todo empapado como si alguien lo hubiese mojado. La vieja Joaquina, confundiéndome tal vez, me tira agua con un sifón de soda y la mando a la puta que la parió. Me voy al chino, que a pesar del toque de queda que rige en la ciudad desde la aparición de los pistoleros, debe estar abierto.

El café resto bar “la Pollería” sigue siendo el campo de juego del barrio Villa Vatteone, ubicado, esto aun no se ha sido dicho, en los suburbios perdidos de Florencio Varela, en la calle Progreso/dr Galli no se cuantos cerca del hospital central. Olvidos de Buenos Aires, como el barrio El Tropezón, y prácticamente todo lo que Buenos Aires ha olvidado. Pero dejemos atrás estas mierdas de ubicación y olvidos que no sirven para nada y volvamos al café, que a estas horas de la madrugada se ha transformado en el tugurio de mala muerte de siempre.

Unos borrachos, entre los que se distingue el hijo de tito, discuten aun la muerte de tito, y aseguran que es toda falacia, una mera conspiración.

-Pero si yo vi volar por los aires cuando le dispararon-asegura exaltado, medio en pedo, el almacenero Jorgito.

Todos hacen oídos sordos, porque ya no saben que pensar. “Los pistoleros son bravísimos”, dice el hijo de tito. Quiero hacerlos mierda. Grita enfurecido y golpeando la mesa enloquecido como si no fuera él. Y tal es el revuelo que toda gente se enloquece y comienza a correr por todo el bar buscando la salida que nadie encuentra. Un tiro al aire proveniente de un viejo que toca el acordeón apaga el foco que todo ilumina y calma todo. Y todo se nubla como niebla, pero es una niebla oscura, negra.

De repente aparece alguien…nadie puede verlo…se sienten solamente sus pasos…Humo y un olor raro que nadie identifica…

(Escena que es digna representación teatral)

(En el café, todos corrían enloquecidos, buscando una salida inexistente, en realidad inhallable, por el humo producto del tiro del viejo que toca el acordeón, que acalla todo, y aparece una sombra, un fantasma)

FANTASMA DEL VIEJO PEDRO: que carajos pasa en mi pueblo, ¡puta que los parí!

JORGE (el almacenero): Mierda, está vivo.

TITO (hijo): que va a estar vivo, pelotudo, no te das cuenta que es un fantasma.

JORGE: a quien le decis fantasma, digo, pelotudo, la que te…

(Quilombo. Nuevamente un torbellino de voces que intentan hablar y otras que callan para dar pie a nadie y a todos. Todo es inconfundible. Se ruega tratar de seguir leyendo. Se solicita un nuevo tiro del acordeonista)

PAAAAAAAA

FANTASMA: Felipe, deja de tirar tiros que se van a dar cuenta que sos vos.

ACORDEONISTA (¿FELIPE?): Cállese, trolo viejo, y no diga estupideces.

FANTASMA: ¡Bueno basta! Yo sé que están todos alterados. Les vengo a decir que pronto apareceré y pondré orden con mi hermano. Haremos una joda que dejará locos de envidia a esos pistoleros y se armará una guerra. Vayan viendo de qué lado van a estar, pelotudos.

(El fantasma de Don Pedro se esfuma como se esfuma el dialogo y las personas del bar cuando todo termina luego de un controlable incendio. Una inmensa ola de agua deja las sillas todas empapadas y las mesas echadas a perder. Aparecen unos hombres con mangueras vestidos con un uniforme de ocasión y cargan al acordeonista, al almacenero, y al hijo de Tito, para llevárselos al hospital. Demás está decir que el primer tiro que tiró el acordeonista causó un cortocircuito de San Puta que viene perfecto al relato y que por eso todos corrieron enloquecidos, y otros alucinaron el regreso olvidados, y otros pidieron por quienes misteriosamente se habían ido.)

SE CIERRA EL TELÓN

Camino rumbo al chino y veo que está abierto de par en par. La china, que me conoce me invita a pasar y hago lo que tengo que hacer. Mientras se lo hago oigo voces atrás y me cohíbo un poco. Ella me dice que no pasa nada. Debe estar Julián (o Juan) Cutruli con la señorita que atiende en la parte de atrás. Me río un poco. Al salir del chino veo pasar una ambulancia y cuando llego al bar los bomberos ya han controlado un pequeño incendio culpa de una bala al techo.

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Otra historia del efímero detective Cutruli

-A ver, qué tiene para decirme, preguntó el detective Juan Cutruli, imaginando una situación, largando sus palabras así a boca de jarro, al aire.

Mientras miraba concentrado la solapa de la carpeta con los pocos papeles que su cliente le había traído, se dijo que eran demasiados y encima él ya estaba extenuado, o quizás viejo. Hacía años que no descansaba. Y ahora le venían con esto.

Agarró su saco tipo Sherlock Holmes, ganó la avenida Corrientes al 800, dobló por Florida y enfiló hacia el Sur, tomó el Subte linea “A”, hasta el Parque Rivadavia (Tenía que comprar un libro de Edgar Allan PoeDe), salió del Parque, caminó un par de cuadra tambien para el sur, donde esta vez tomo la línea “E”, y de repente entre tantas combinaciones se bajó en su pueblo natal en Florencio Varela, precisamente el paraje El Tropezón.

Había olvidado el oír las bocinas y frenadas de los autos, y se dejo llevar por el leve canturreo de los pájaros de su ciudad, pero inmediatamente, mediante otras combinaciones, tuvo que volver a la oficina para atender sus asuntos. La oficina ya estaba a oscura y entre toda la mugre y repisas caídas y papeles apenas ilegibles se podía distinguir en el escritorio los del cliente y un libro enorme titulado con unos números diabólicos. Cutruli estaba fatigado y empezó a delirar un poco. Imaginó al cliente, como había venido vestido, que le había dicho. Y no solo se dio cuenta nuevamente, como otras tantas veces, que había vuelto a empezar a hablar solo, sino que el día había terminado hacía por lo menos unas cuatro horas. Y por ende, la noche aparecía, oscura.

El caso era sencillo. Encontrar una persona que al parecer dedicaba sus días a escribir. “Sandeces”, se dijo a sí mismo el detective, “es imposible que haya literatura y poesía, luego de…”

Y cortó la oración porque se sintió viejo y mal. Un leve resoplido lo hizo del asiento levantar, y posicionarse seguro y de repente ante la mirada y el silencio del extraño cliente, que en realidad ya no estaba presente en el cubículo desde hacía por lo menos dos horas. Se dijo que ahora estaba en la peor fase de la locura, hablar sólo pensando que alguien lo escuchaba.

Se dijo que el tiempo pasaba muy rápido y que tenía que buscar una escort para rejuvenecerse un poco, y también citó, incompletamente y vaya a saber por qué: “Tengo ganas de que pase el tiempo, y que el viento se lleve…” del poeta Juan Moneo.

Entre salir o no a la calle, sacó una latita de cerveza y volvió a su asiento. De repente se encontró leyendo los papeles que le había dejado su cliente.

Siendo nada en el paraje El Tropezón

 

“Déjenlo todo, nuevamente láncense a los caminos”

Roberto Bolaño
 

Apenas era un número. Por eso siempre estoy escapando de la bruma de los edificios y los números en cuanto tengo la oportunidad. Como quien en un breve instante del día se pone a añorar. Cuando el ritmo de la ciudad me acelera demasiado suelo dejar los trabajos de la oficina a medias como estén y visito mis abuelos. Viajo desde el campus despedazado de la Facultad de Ciencias Económicas hasta Plaza Constitución en el subte, para tomar el colectivo. Allí presento al chofer mi tarjeta sube, saco pasaje y busco un asiento al final del interminable pasillo mientras voy sacando un par de libros, uno de cálculo financiero que me regalo un colega recientemente y otro de cuentos sobre pueblos. Al primero lo tiro por la ventana ni bien me siento, y el otro es un libro de la autora Hebe Uhart que se llama Viajera Crónica, del que miro su contratapa donde dice algo que me confirma que mi viaje es acertado. Afirma allí en su libro que los pueblos chicos son abarcables, le parecen literarios y además van con su personalidad. Cosa extraña sentirse identificado con eso a estas alturas, pero que va. Comienzo a deleitar sus hermosas páginas hasta que el tiempo vuela. Final del recorrido del 148 y allí estoy, en el medio de la tranquilidad y hermosura de un pueblo perdido, por demasía.

El pueblo es de cuento pintoresco: aire rural con viento frío de invierno, casas de madera que han perdido su pintura por humedad en las paredes, contados alambrados desvencijados por donde se meten las comadrejas y los perros para realizar travesuras, quintas de verduras con sus plantaciones excelentemente alineadas, campos extensos que mejor no transitarlos en días de tormenta eléctrica, calles largas de tierra impasables cuando la llovizna cruel las convierte en barro y también calles largas de asfalto con rajaduras escabrosas. Y una cosa más, porque no me gusta referirme a El Tropezón como el pueblo, no perdido, sino, olvidado por todos. Aquí las personas, en este pueblo, se saludan a pesar de no conocerse. Cosa extraña hoy en día.

Me distraigo en mi mente y repaso lo dicho. Divago un rato pensando si es posible conocer a otras personas si uno apenas puede intentar conocerse a sí mismo que recuerdo las clases de Historia de la Filosofía Antigua -o moderna, no lo recuerdo bien- en la facultad de Filosofía y Letras cuando del tema se conversaba. Divagaciones y distracciones que apuran mi llegada a la casa de mis abuelos. Que a esta hora, lo apuesto, duermen siesta.

La tranquera cerrada, todo lo dice: hoy no se esperan visitas. Me corrijo y soy claro, entresemana, me lo dijo mi madre, no es día de visita. Salto la tranquera y me sale al encuentro Juancito, Lobito, Pancho y Sultán, cuatro de los cinco perros que aun viven en la casa de mis abuelos. Pareciera que pasan junto a mí como si volaran en llamas. Me rodean, me chumban levemente. Juancito, muy parecido a Bengi, de un color clarito que mi daltonismo confunde, es el líder y parece decirles a los demás que me dejen tranquilo y que ya no es un intruso el que acaba de ingresar. Comienzan a olerme para estar seguros y cerciorarse los demás, “el Pancho”, el labrador color negro inquieto, “Sultán”, y “Lobito”, ambos con tintes de perro policía cruzados. Los veo que parecen asentir y realizan su retirada a las cuchas de una manera imperceptible, desapareciendo tan rápido que mi teoría fantástica confirma que bien podrían estar en llamas. Pero el campo me hace dar cuenta que no es por mi teoría, como tampoco por los ladridos de “Juan” que dispararon así de raje para las cuchas. Una voz en el medio del campo, proveniente de la casa los alertó. Quien sino mi Abuelo recién despertado de su santa siesta, pegando un grito que ninguna vocal me permite describir. “¿Qué haces por acá? Pasto”, saliendo a mí encuentro, para darme un fuerte abrazo de reencuentro, luego de unos días nomas que no nos veíamos. “Acá andamos Abuelo, vine a tomar mate. La Abuela duerme”, suena más a afirmación que a pregunta, pero mi abuelo comprende. “Recién se levanta aquella, vamos a ir a buscar “salamincitos”, vos venís con nosotros. Nos acompañas”, pregunta afirmativa que me parece más que una obligación una oportunidad para manejar el coche un rato, porque mi abuelo agrega: voy a calentar el coche. Al encuentro de mi abuela ya oigo el motor bochinchero del Gol y ésta me recibe ya en zapatillas con un abrazo sorpresivo pero también de reencuentro como si no nos hubiésemos visto en años.  “Sin pantuflas, viejita”, le pregunto. A lo que me dice: “Si, acompañános que vamos a buscar queso y salamín a la ruta. Después tomamos mate”.

El viejo sacaba el auto marcha atrás muy despacito por temor a pisar alguno de los perros, que le pregunté a mi abuela: “La chiqui está adentro”, “si está abrigadita, calentita con la salamandra ella”, mientras los perros rodeaban el coche y lo bufaban. Mi abuelo me dijo que abra la tranquera, y de repente, ya estábamos en la ruta como si nos fuéramos a un viaje largo, como lo imaginó mi abuelo. “Cuánto echamos hasta Mar del Plata, Pasto”, “un rato”, entre carcajadas también imagine. En el camino le pregunté a mi abuela cómo estaba ella y también cómo estaba, como lo veía al abuelo. Ella me decía que mi abuelo estaba acá al lado y que si lo veía bien o mal que se lo preguntara a él como para andarle preguntando a ella como él andaba. Reímos confusamente y me dedique a contemplar el paisaje. El coche iba a 50 km. Pura tranquilidad. Puro verde. Puro campo. Pájaros volando. Otros sostenidos en los gruesos cables que se veían en esas redes de alta tensión eléctrica allá a lo lejos, que recordé a G.W.Hudson: Y así, en mis peores días, cuando me veía obligado a vivir durante largos períodos alejado de la naturaleza, confinado en la ciudad de Londres, pobre, enfermo y sin amigos, todo lo que había en mi interior me convencía de que siempre resulta definitivamente mejor “ser” que “no ser”.  Pura hermosura.

El puestito de artesanías estaba a metros de la histórica estación ferroviaria “Buchanan” que decían que aun conducía un tal Coco con una “Zorra Pampa” que pasaba mágicamente sin que nadie pudiera verla. Cuando le pregunte a mi abuelo si esto era verdad, me dijo que eran todos bolazos. Por lo que compraron el queso, el salamín y nos volvimos para la casa como quien vuelve del mercado. Allí tomamos mate y ellos añoraron viejas épocas como cada vez que iba. Entre sus escasos y borrosos recuerdos, recordaban el paraje tan bohemio, concurrido, nocturno, cuando el boliche estaba abierto de par en par y se armaban bailes y corajeadas y venían algunos cantores a cantar como por ejemplo –según mi abuelo- ese que le decían el varón de tango, que mi abuelo según él dice le dio la mano como quien toca a una leyenda andante. Es lo poco que recuerdo yo, hoy en día, al salir del trabajo, ya por jubilarme. Hoy se por medio de internet que el paraje es una ruina, que la mayoría de las casas fueron loteadas y están a punto de ser rematadas entre amigos del poder e hipotecas del Banco “x”. Comprendo que apenas recuerdo el recuerdo de mis abuelos y todo lo hecho en vida que no sé qué hacer. El viejo tenía razón, no somos nada. Antes de caminar un par de cuadras para tomar el subte con la mirada perdida en el piso, quiero imaginarlos vivos nuevamente, como hace tantos años, como sus tiernas esperanzas de vivir en paz. Quizá el banco pueda darme una mano para adquirir la casa nuevamente, si no es que alguien se me adelantó. No faltará más. Nada seremos.

FMQ

NOCTURNA EN FLORENCIO VARELA: La esquina de la mierda

De un tiempo a esta parte, en noches oscuras e interminables, se me da por escuchar los cuchicheos y enojos de los tíos, y un dia como hoy que me encuentro aburrido, prestándoles la debida atención, veo que le puedo sacar el jugo que se requiere para pasar una amena noche intentando escuchar para luego contar los distintos padecimientos de los barrios pintorescos de Florencio Varela. En fin, mientras espero un llamado suyo, me propongo contar, a modo de relato corto, lo que hace unos días está pasando en el viejo Gobernador Costas[1].

El olor nauseabundo parecía venir desde la esquina y con viento a favor, haciendo de los buenos aires característicos del kilometro 26, una metáfora errada. Mi tío me lo explico muy bien: “El otro día empezó a haber un olor a mierda. Y resulta que cuando voy a la esquina al kiosco del viejo Oscar, le digo, qué olor a mierda viejo, a ver si limpias, un poco de desodorante, por lo menos” , a lo que el viejo me contesta: “No soy yo Chopi, pero es acá, justo en mi esquina, al parecer, viene alguien todas las noches con un balde, y tira mierda y el meo, nose quien carajos puede ser, ahora puse una cámara, ya lo voy a agarrar a ese hijo de mil putas, y van a ser tantas las patadas en el culo que le voy a dar que le voy a meter la mierda por el culo”, “Bueno tranquilo viejo, te va a dar un ataque”, Y prosigue contando el tío Chopi: “Compré lo que tenía que comprar y me fui hasta la esquina, y para qué, vi sobre los baches llenos de agua y los soretes largos flotando, un olor a mierda”.

Ahí nomas, apenas llegó a la casa, me cuenta mi tío que lo encaró al vecino mangueador de cigarrillos; “Todos los días viene el pelotudo, y me dice, che Ricardo, ¿Tenés cigarro? Y hay días que me agarra bueno y le doy, pero otros lo mando a la mierda, viejo de mierda, pide, y pide, la otra vuelta que me iba a laburar me paró porque quería que le preste plata para pagar las facturas, no sé qué mierda, a lo que le dije que no había plata y no lo mande a la puta que lo pario porque me agarro apurado, y resulta que cuando volví todavía me esperaba, me dijo, ¿Y Dani, conseguiste eso? la puta que te pario, anda a pedirle plata a tus hijos, puta madre, me hace dar unas calentura, el barrio está tremendo”, se entusiasma Chopi: “Y la nueva del viejo, además de las que se manda, cada dos por tres salía con una peléela todo tambaleándose, y tiraba en la vereda su propio meo, el hijo de puta, aunque eso era al principio, porque ahora da la vueltita, yo le dije al hijo: a tu viejo lo van a cagar a trompadas ahí a la vuelta, qué no tiene baño pelotudo, metélo en un geriátrico”, y ahi el Chopi me decía: “Y entonces yo pensaba que era el viejo, pero el viejo resulta que no es el cagador serial de la esquina”, el tío agarra sus cosas, las llaves del golcito cuadrado, y se va: “a la noche te llamo porque me dijo el Oscar que ya tiene el video”.

Y por eso las pistas se abren pero no cierran como tampoco lo hace el trasero de quien tira la mierda en la calle. Sin embargo, tales son las calenturas que se agarra mi tío, que hacen del pintoresco barrio un lugar bastante peculiar.

Estar esperando su llamado escribiendo sobre el tema es una buena practica para tener al lector en vilo y no decir que la cagadora serial es una vieja que con su pimienta nocturna en Florencio Varela alegra las narices ajenas.

[1] (Nota aclaratoria: Gobernador Costas es una localidad, como lo es también Florencio Varela,  que engloba a Dante Ardigó, el conocido kilómetros 26, pero siempre se creyó que pertenecía-el viejo kilómetro 26, Dante Ardigó- a Varela, hasta que alguien clavo la estaca y dijo que se llamaba asi y que todas las localidades ahora formaban parte del partido San Juan Bautista).

FMQ

 

Don Mar

Cada vez que iba a visitar a mi querido amigo Marcos el cielo aparecía con nubes, como despropicio e indiferente hacia nosotros y la celebración de la amistad.

Si tuviera que definirlo como un último personaje lo consideraría como el más importante, pues me vi reflejado en él desde que lo conocí. Como si yo fuera él y me viera a mi mismo desde él. Algo así. No voy a alardear de que siempre que lo vi lo encontré hablando solo. Me explico mejor, cada vez que lo visite luego de lo del club, lo encontré hablando solo. Voy a contar una anécdota de injusticia, de paciencia y de esperanza.

A este caballero, llamado Marcos, que añoraba el mar como quien sabe que alli esta su libertad, lo había conocido en un club de fútbol que ya se cayo a pedazos. Y no solo el club, sino también nosotros mismos, a la deriva. El club fue descalificado de la Liga por falta de pago e irregularidades en todo sentido, desde la inclusión de jugadores que no estaban fichados en el equipo de “primera” hasta algunos vueltos guardados de manera inmoral que hicieron por ejemplo perder el predio que se alquilaba. Todo mal hecho, mal manejado. Tal causa, en realidad consecuencia, nos sucumbió a todos los que anhelábamos jugar algún día por algo importante.

Terminamos, en un barco que se hundía hasta el fin del precipicio, entrenando en un complejo textil donde debíamos abonar unos mangos cada uno para llegar al día sábado y jugar así un torneo de mala muerte en un olvidado paraje conocido como El Tropezón, para poder mantenernos y esperar el milagro de que el club resucite. Tal cosa nunca ocurrió.

Igual, con la esperanza que siempre caracterizo a los desahuciados, seguimos jugando ese torneo sabiendo que era cuestión de instantes que no quedara nadie

compartiendo la causa. Se dice que cuando el barco se hunde, hasta las ratas vuelan. Bueno, aquí terminaron volando hasta las escobas. En el parque textil cada vez se debía mas, porque ya nadie iba, y esa deuda quedó pendiente para nuevas generaciones que intenten levantar el nombre de ese club que desapareció conocido como el/la Real Sociedad de Florencio Varela, que al igual que Deportes Sur, llego a jugar esa liga platense amateur de futbol, y desapareció de un día para el otro, a partir de irregularidades.

Bueno, hasta aquí explicado lo del club, que es una parte valiosa para saber cómo fue que apareció Marcos. Todavía me parece imaginarlo.

Quisiera crear una descripción para no ser tan conciso y decir algo que quizás no quiera. Pero ahí va.

El club en la ruina, el parque textil semivacío, con apenas unos quinces muchachos, dispuestos a realizar un mini partido en esa canchita arenosa, y por allá a lo lejos, un muchacho mira, como lo saben hacer los curiosos y nos dice que viene a probarse, como si fuera esto algo serio, y lógicamente se incorpora al picado, y juega, deambula por la cancha  como lo hacen los que por primera vez comparten un terreno de juego con desconocidos, como pidiendo permiso, sin toma de decisión, sin riesgo, quieto, parado, muerto, inerte. Ese tipo de juego se va a reproducir en toda la etapa de Don Marcos como jugador del desaparecido Real Sociedad.

Demás esta decir, creo, que terminamos entrenando solamente “físico” (o “física” como Don Mar me decía) en la plaza de Varela. Era un circo, nos vestían con unas musculosas que más que diferenciarnos como distintos al resto nos delataba ingenuos, altaneros, y copias de un jardín de infantes cuando salen de excursión y como tienen el mismo uniforme es difícil que se les pierdan a los maestros. Aunque siempre hubo, y habrá atrevidos, como yo, quien escribe el relato, que falte más veces de las que fui para no quedar escrachado como un intento de algo que jamás se iba a conseguir.

Pero no es el caso, el caso es Marquitos. Demostró tener buena resistencia y velocidad en la plaza. Fue citado para un par de partidos de los días sábado a los que aun seguíamos yendo como perros perdidos, y de manera cruel, no fue citado a otros, y de manera catastrófica, en los pocos que fue citado, el pelotudo del técnico lo habrá puesto unos minutos, por no decir que fueron más veces las que no lo puso alegando que no estaba preparado aun. Ahí fue cuando me vi reflejado en su situación.

Esa fue mi renuncia al Real Sociedad.

Si bien Marcos me decía que algo de razón tenía el DT al no incluirlo por no estar preparado, yo lo veía como una injusticia a la condición humana, al sacrificio de dejar de hacer algo para dedicarse a otra cosa. Estaba enojado con el mundo, me agarre unas cuantas veces a piñas con quien algo malo me dijera, y me terminaron diciendo que no vaya más. Quede expulsado definitivamente de eso que había renunciado. No le vi nada positivo a la aventura.

Pero por otro lado, había cosechado un amigo, y eso, en esas tinieblas que me rodeaban, fue valioso.

Dejaron de jugar en ese viejo paraje. El club desapareció. Pocos jugadores acompañaron a los DT´s (había otros además del que nos dirigía) en sus travesías también frustradas.

Yo en lo particular deje de jugar al futbol, y fui algunas veces a visitar a mi amigo Marcos para ver cómo vivía con la gloria lejos de su vida.

En ese lugar desolado, lejísimos de donde entrenábamos, y mucho más de donde jugábamos los sábados, comprobé que estaba en lo cierto. A pesar de todo, él intento perseguir lo que anhelaba. Le pregunte si podía convivir con el dolor de ya no ser y para mi sorpresa dijo que estaba pensando en otras cosas más importantes que el futbol. Comprobé mi ignorancia, mi ingenuidad, una vez más.

No voy a decir que me encontré con la sorpresa de que había empezado a hablar solo. Porque ahí empezaría su relato, nuevamente, solitariamente., y eso le corresponde a él.

Solo voy a decir lo que me dijo, lo que me conto casi susurrando:

Me explico que había cambiado totalmente su vida. Comenzó a dedicarse a los libros para averiguar sobre el mundo, yendo a comprarlos por lugares desolados a sujetos excéntricos, comenzó a hablar con marginados, llegando a entablar una relación con un vagabundo poeta que le explico lo interesante y reconfortante de la lectura y la escritura. Había entrado en un mundo del que se dice que una vez que se entra, es difícil salir. Me recomendó que lo intente.

Finalmente, cuando ya me retiraba, como para detenerme, me comento que había empezado a escribir sobre la amistad entre locos, de una manera parecida a la que ya creo he mencionado.

Le dije que estaba más loco que los locos.

Comencé a reír, lo salude y le desee buena suerte en el proyecto, y me despedí hasta la próxima vez que lo visite, tal vez un día de estos, le dije.

Un abrazo sentido, un apretón de manos fuerte, y media vuelta elegante mirando al cielo bastaron para ver que el sol había salido, nuevamente de entre las nubes.

FMQ

Poema del vecino perdido desde CyberNube

Hace unas semanas un vecino desapareció de su hogar. Llamó la atención del barrio que haya dejado la puerta apenas abierta, como si se hubiese ido sin cerrarla del todo.

Los primeros curiosos se fueron acercando, hasta que aparecieron los vivos, que le terminaron por desvalijar lo poco que quedaba de su tan al parecer agitada cotidianidad. Yo en particular me traje un par de libros , una Biblia, y unos escritos que había entre los mismos libros, y precisamente uno en la Biblia. Escritos a modo de poemas, o algo por el estilo.

Aun continuo analizándolos, pero no de la misma forma que lo hacen los eruditos alucinadores con los presocráticos, pues apenas los interpreto.

Transcribo con el que estoy ahora mismo enfrente, el que estaba en la Biblia:

 

“Persecución religiosa no es un acontecimiento de estos tiempos ni de esta frente,

sino de siempre, a partir de que todo es uno, todo es mente.

Ocurre que ahora se hizo mas común el uso del termino

por caprichos, de nadie, por temores de algún perégrino”

 

Parece, mirando un poco, que quiso rimar el final, pero no lo comprendo del todo.

Se ve que estaba al pedo para estudiar temas de la historia de las religiones con todo el quilombo que hubo en el barrio luego de la amenaza de bomba del flaco Federico.

Se observa que yo también lo estoy, eso de estar al pedo, para ponerme a escribir sobre algo que otro escribió, abandonado en esta cybernube.

FMQ

Movimientos/pensamientos sin importancia/relevancia

Este dialogo ocurrió en el tren Roca entre dos jóvenes menores de edad. Que debatían acerca del interés reciente de la gente por un nuevo movimiento social. De potencial masividad, y de si estaba bien que ahora que todo se había masificado, los “nuevos” vengan a imponerse como “los que estuvieron siempre”, queriendo reclamar un lugar, cuando aquellos que arrancaron, eran apenas pocos, como todo lo que arrancó alguna vez. Uno le decía al otro:

-Sabes lo que me da bronca, esos que vienen por moda, al pedo, son unos inservibles.

-¿Y nosotros no lo somos?- contestó valientemente el compañero.

-Nosotros no, porque no somos falsos y a la cultura le aportamos nuestro granito. Vinimos cuando esto no era nada. Me extraña de vos, que estas desde que esto empezó.

-Y que querés, que te den algún premio por haber estado cuando el barco ni sabia a donde iba, es mas, aun ni despegaba. Como si ahora fuese a llegar a algún lado.

-Pero no se trata de llegar, sino de estar, arriba del barco, y que vengan otros que nunca estuvieron, a estar, es malo para la cultura, no la enriquece, sino todo lo contrario.

-Si vamos así, nunca nos vamos a poner de acuerdo. Eso decís vos, yo opino lo contrario. Y es mas, opino que los que vengan, van a mejorar la cultura porque la van a superar, es superación dialéctica pura.

-Estas flasheando cualquier cosa.

La locomotora se había detenido. El otro se levanto de su asiento, y dijo, con aires de resignación:

-Lo que digo es que alguien que no quiere que otro entre en su entorno tiene un doble sentimiento encontrado, por un lado, que esos que entran, que lo hacen por moda, sean mejores, y por el otro, que solo vengan a molestar. Que se le va a hacer, nada te puedo decir amigo, pues corren los tiempos en que a nadie le interesa lo que piensa otro, porque todos hoy en día intentan sacar sus propias conclusiones. El problema no radica en como les va a aquellos que sacan sus propias conclusiones descreyendo de aquellos que también las piensan, sino en su falta de autoridad, que se impone como “verdad” cuando se la acepta como tal.  Nos vemos.

Rápido descendió del convoy, y recordé que yo también bajaba en esa estación.

Y así fue la charla que escuche, de dos amigos, desencontrados, con pensamientos que no tenían relevancia para un don nadie como yo, ni tampoco la fascinación del movimiento y lo que se pensaba sobre el mismo.

 

Perro Juan, epitafio.

El viejo piensa en la muerte del perro y se habla para si mismo, como contándose la historia, lo que esta haciendo:

“El viejo se dispone a cavar la tumba de su único amigo el perro, pero piensa un instante y se dice a si mismo que debe esperarlo a él antes de comenzar. Ese joven que estuvo con él siempre, hasta que opto salirse de los destinos de los fracasados para ir por el camino de los triunfadores. Ese que ahora está ocupado, como nunca lo había estado, acusando que los jóvenes tienen cosas más importantes que hacer que sentarse a tomar mate en un patio mugriento y recordar lo poco que han vivido, y que no tienen tiempo para cuestiones que son contrarias a la vida que llevan, que los impulsa a elegir, a decidir, para luego pretender y finalmente esperar. Lejos de tratar de comprender, lejos de imaginar que alguna vez todo fin aventurero e irremediable del que nunca se quiso hacer mención, llegara para apagar ese pequeño fuego de igual modo que los dedos mojados con saliva lo hacen con las pequeñas llamitas de las velas”.

Pero la leve llovizna lo obliga a cavar el pozo rápido, y todo pensamiento se disuelve, nada mas, en la tumba de ladrillos y cascotes se imagina poner:

“Querido Juan, donde quieras que estés, sabeme perdonar

Por tan solo haberte ofrecido, mi familia, las retadas y un hogar

La lluvia no lograra que te olvidemos, como tampoco que no te recordemos

Mis nietos, mis hijos, tal vez, vengan aquí a visitarte, para decirte, que

nunca te olvidaremos.”

Pero tampoco, porque llueve mucho.

Días después, al visitar la tumba, se encontraran con la sorpresa de que en la misma hay un limón, como señal de agradecimiento, o de respeto. Dara lo mismo, porque le echaran la culpa al que se quedo solo, no a los peces, o al canarito el pipi, sino al otro perro, el negro, el pancho.

Recuerdos de mi fantasma

Otra vez en este pasillo interminable. Pensando en robar cuentos, historias, recaí en este tugurio de mala muerte.

¿Sigo dormido? ¿Quién es ese? Se parece al que me dio esa cosa por el brazo antes de dormirme. Voy a prender la luz que está muy oscuro. Qué les pasa a esas mujeres blancas ¿Por qué vienen así caminando tan deformes hacia mí? ¿Y quienes son estos que vaguean por este pasillo?
-¡Hola!…¿Hola?…¿Me escuchan?…Digan algo.

Nadie dijo, nada. Y eso fue que le escuche decir, o tal vez preferí no escucharlo.

Continuo en recuperación. No soportaría que no me reconozcan.

Don Florencio

Y es su sepulcro templo de su gloria.

Ninguna literatura americana pudo haber mientras duró la dominación colonial”. Florencio Varela (1807-1848). Escritor, periodista, político y educador Argentino.

Muchas noches y años atrás, hubo en el añorado paraje del Tropezón, sur de Florencio Varela, una redacción de diario que fomentaba la escritura creativa y el oficio periodístico de los pocos habitantes que allí vivían, para de esa manera poder llenar de contenido el periódico con las escasas cosas sucedidas. Tal creatividad y oficio requerían que cada individuo llevara a la redacción una crónica de algo investigado o bien -que aunque sea- le haya interesado, y así mediante la aprobación del eminente director, se lo premiaba con la participación en el periódico. Pero nada interesaba ni ocurría. Eran unos pocos los aventureros que en verdad se animaban a buscar las noticias sabiéndolo, y otros –la gran mayoría- optaba por inventarlas, y así el diario subsistía, hasta que las mentiras eran comprobadas y se reclamaba mayor veracidad.

Es preciso para el relato, recordar el caso de la última persona que comprobó las mentiras, un joven aventurero que dejo su vida en el agotador seguimiento a cada persona para comprobar que incurría en la falacia, anotando las mentiras a modo de crónicas, incluidas las del propio director, que al recibir lo narrado para ser presentado en el diario, lo reprimió a modo de reto y lo consideró un conspirador, acusando sobre sus crónicas una falta de respeto absoluta a la condición humana, de una tarea irónica propia de un joven insolente, que se reía de la vida de la pobre gente, y obviamente de la del director.

Apenas días más tarde, al joven no se lo vio más. Algunos dijeron que huyo de la vergüenza, otros comentaron que por estar en desacuerdo con algún ideal, vaya a saber cual, persiguió otros en tierras más lejanas. Algunos alardearon que se mato, fue lo mismo. Poco a poco, el pueblo lo olvido. Hasta que pasaron los años, y su destino fue conocido a nivel nacional, con su muerte de manera cruel a manos del poder reinante de la época. El diario; con aires de culpa y un aliento fresco del que poco se caracterizó; ese día no fue ajeno, y con una sola página en su edición, lo recordó:

“Lentamente parpadea y su mirada queda quieta, fija, como esas miradas que parecen que lo ven todo, cuando la realidad se les viene encima. Y piensa si debe avanzar, seguir, continuar, o pensar, por un breve momento, en otras miradas que lo ven así, pasar. Así es como está este joven al momento de partir del pueblo hacia su futuro, futuro que se le vino fugazmente como su mandato lo exigía, por ser el primer y único en decir la verdad en el pueblo, nacido y criado en el lugar, con el objetivo enfocado en encontrar otro con mas merecimiento, con mas retribución, que se jacte de su lucha por ideales más justos. Dejando atrás todo, tanto la familia, como los vecinos, los escasos amigos, y hasta algunos perros curiosos, nos sumamos a esta proeza interminable, para despedirlo en la entrada de la gloria, como a un héroe al que ansiamos ver triunfar, para verlo regresar con las mayores condecoraciones posibles, por ser digno de representarnos a los que luchamos contra las garras del poder. Mientras ellos, continúan así de ignotos, así de desapercibidos, con la vida que llevan, cargando con el peso del engaño, el fracaso y el olvido. Características del poder que condenamos para siempre. Así como muchas veces se hace con la historia. Clavándole un puñal por la espalda”. No está demás decir que fueron las últimas palabras del Diario, y que sus puertas cerraron para siempre. El director, dicen, desapareció, pero el joven, ese mismo pueblo que hoy lleva su nombre y lo evoca muerto a la libertad para ser nacido a la historia, quedo inmortalizado, para siempre, para ser nombrado por noches interminables.[i]

[i] CATEGORIA LIBRES. Cuento relato y poesía. Nombre: Federico Miguel Quinteiros. Edad: 22 años. Dirección: Cabildo 2296. Teléfono: 1521765377. Mail: Federicoq8@hotmail.com